jueves, 13 de diciembre de 2012

“De cómo una cacerola aplasta al conejo con cuernos”




Silabeando al sumo hacedor, de cuyo nombre no podemos acordarnos ya que jamás nos ha sido rebelado, hemos de arrastrar el carro de la existencia por un valle de lágrimas, de por sí bastante hostil, más el ‘aliciente’ diario en forma de cabronadas que nos gastan esos que hemos dado en nombrar nuestros representantes parlamentarios. Que si no teníamos bastante con sobrevivir a los traspiés connaturales al existir, le sumamos la ineptitud, por decirlo de forma asaz suave, de esos hijos bastardos del dinero.

Nada más venir al mundo, y tras el clujío de la comadrona, o comadrono, empezamos a caer en la cuenta de que la cosa no nos va a venir regalada. Eso en la cuna del plebeyo, osease, para la inmensa mayoría de los mortales, que si, por lazos o recomendaciones del demonio, nacemos en un hogar de alto mondongo, la cosa se tizna de un rosa mariposa y pañitos de algodón de azúcar, Piluca. Que no hay un reparto ecuánime del tema, vamos, eso se cae ‘de guindos’ más que zopencos, por cuanto hemos de acondicionar nuestras expectativas al entorno natalicio. Y lo veo estúpidamente normal, dentro de todo lo normal de su azarosa y abusona anormalidad. Pero si además, esos neonatos (niñatos) de punto en blanco y cocodrilo en su frígida tetilla de bruja/o, se dedican a joder la vida de inopes curritos porque no tienen suficiente con su privilegiado portal de belén, la cosa empieza a tomar un carisma de hijos de Satanás que pa qué las rogativas, manifestación o cacerolada contra esos sordos de oído infecto de ‘me la suda’ esa canción desesperada, y Pablo Neruda...


Me encanta su argumento de que si no se rescata a la banca este país se va a la puta ruina. Pero si el país ya está embarrado de mierda hasta los varales, ¿Por qué se sigue rescatando bancos? Sobre todo, si esos bancos son los artífices de la devastación de este país, ¿eh? Por eso digo. Ahora saldrá el listorro de altas finanzas y nos rebatirá diciendo que no nos metamos donde no hacemos pie, que son aguas demasiado profundas para nuestro escaso nivel de crolls, que ‘me voy corriendo’ que tengo un culo de banquero al que sacar brillo, y que ya te lo explico mañana si eso. Y nosotros, sumamente compungidos y avergonzados por nuestro craso error e ignorancia, purgamos nuestra plebeya osadía en la procesión del lomo gacho hasta la ermita de San Araprepucio de la prima de riesgo: santo patrón de políticos & banqueros, para que sigan dándonos un poco más por saco.

Empieza uno a ver fantasmas en cada esquina donde se aberroncha una oficina de la avaricia. Y te entran unas ganas irreprimibles de coger un trabuco e irrumpir en dicha casa de putas con patente de corso, y empezar a soltar trabucazos de mierda pavo, que tienes que sujetar los caballos del Apocalipsis por no liar tu propio fin del mundo. Sin embargo, ellos, con todos sus papelajos en arpillera y el parabién de la maquinaria descojonante del estado, atracan, sangran, destruyen, asaltan, esquilman, aniquilan y borran de un plumazo la esperanza de millones de personas, sin que acuda en nuestro auxilio la brigada anti-vicio de la guardia civil, los geos artificieros, o la unidad militar de emergencias anti-sinvergüenzas. Ya lo dicen las mentes más preclaras: “Si tienes una pistola puedes atracar un banco, si tienes un banco puedes atracar a todo el mundo”. Y no pasa ná, qué pijo va a pasar. Por eso digo.

Día tras día, la sombra que se cierne sobre uno, empieza a decirte cosas. Al principio no haces mucho caso, no sea que te estés volviendo majara, y eso no queda políticamente correcto. Pero la sombra, que algunos hemos dado en llamar penuria, sufrimiento y desesperación, se planta ante tus morros y dice que no se va ni a estacazos de tu sesera cabreada. Y tu mente, hasta esos momentos en su inopia más cabal, aguantando que tiren a la basura el futuro de una nación y el asalto de la banca armada, con legalismos y demás artimañas para sacarle la asaura al más infeliz, se deshace del grillete de corrección, moderación y educación para la ciudadanía y proclama a los cuatro vientos del lector que tenemos la solución ante nuestras narices.

Y que si no se la damos es por pura cobardía. Y estos son tiempos para valientes, son tiempos de extirpar el ‘misterio’ -ese conejo cornudo en el país de las maravillas: el usurero- y los güevos de su político chusquero, y darles donde más les duele: nuestro dinero. Que no se lleven a engaño, el dinero es fruto de nuestro trabajo, por ende, es solo nuestro. Y nuestros colchones son suficientemente grandes para guardar los ahorrillos de toda una vida de currante. Y bajo las losas de quien aún conserve su hogar, se puede almacenar pasta suficiente para sobrevivir a estos tíos mierdas. Y que paguen impuestos sus colegas de la banca, y que asuman la deuda quienes la crearon, y que no pagamos ni un duro hasta que los responsables de este desmadre nacional no estén en la puta cárcel. Y punto y aparte. No hay más. La nación es del pueblo, y se remató la paciencia. Así de sencillo. Y esto son lentejas, de las que come el plebeyo, si quieres las tomas o si no arroz con ¡pava de la arboleja!

Y que se van a reír de su padre, también. Punto.

Juan Sánchez - 12/12/2012

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