viernes, 26 de octubre de 2012

'Chinatown'


Piensa alguno, algunos, si acaso piensan, que esta crisis va a pasar por su vida de puntillas. Que no les va a llegar la factura de dolor y penurias que el resto estamos sufragando. Que se es privilegiado por estar a salvaguarda en un cubículo blindado contra la pandemia. Y viven completamente ajenos al padecer del vecino, en ese paraíso de indeleble egoísmo, como si la cosa penosa afectara a un escaso retículo de la generalidad. Y cuan errados están esos necios escaqueados en su conveniente ceguera e indolencia: con el culo a buen recaudo de esta hecatombe social. Eso piensan, ¡ilusos!... 

A lo más que llegan al verte pasarlas canutas, es decir que hay que acometer la vida con un mínimo de optimismo. Y se quedan tan pachos los colegas. Como si estuvieran hablando con una panda de gilipuertas que tienen su merecido por apestados, o descerebrados, a quien la vida está sermoneando por sus excesos. Que pena me dan. ¡Que viva la solidaridad!

Un servidor prefiere entender que se nos está dando una preciosa oportunidad. Siempre con el optimismo preciso para no caer en la ciénaga de la desolación personal. No en vano, un pesimista es un optimista bien informado, y ahora más que nunca. Y aquellos que se empecinan en esconder la realidad, a pesar o precisamente por esa venenosa intencionalidad mediática, habrán de toparse de bruces con la ensalada de crudités mucho antes de lo que presienten.

El sistema se defiende de injerencias externas, y supuestamente desestabilizadoras. Lastramos todo un calvario de civilizaciones cimentadas en el miedo y el dolor como método de control. Filosofía que ha afianzado el escalonado social, donde una minoría poderosa se ha valido del trabajo y el sufrimiento de la mayoría sumisa, para vivir como semidioses. Incluso se ha inculcado en la masa la falacia de que el trabajo exhaustivo abre las puertas de esa élite dominante. Un alarde de ingeniería social, un veneno edulcorado que ha servido históricamente para contener revoluciones y levantamientos y consolarnos con sueños emponzoñados y otros ruines espejismos.

El codiciado manantial de plata sigue manando para una minoría, mientras la mayoría sueña con soñar para imitarlos. Incluso esa plétora social, ha sido diseñada por los poderosos a la medida de su ambición. El pueblo jamás fantaseó con atesorar vanidad, banalidad, roña dorada o poder fatuo. El pueblo tiene suficiente con no sufrir más de lo prometido. Pero ese acuerdo sucinto se ha quebrado unilateralmente, como siempre. Se ha violado el pacto entre clases. Sencillamente, la codicia ha dejado al descubierto la realidad que subyace en los tronos del poder o aquellos palacios de oro rojo sangre y dolor. La riqueza y su miseria se manifiestan ahora sin tapujos. En su crudeza más sanguinolenta, en su descarnada presencia de calavera irrespetuosa con un mundo de seres humanos doloridos, quebrados, masacrados por la avaricia de unos pocos.

Es la crisis. ¿Qué crisis? La imagen desnuda de esa porquería que nos ha controlado y explotado durante siglos. Están siendo desenmascarados ante al pueblo. Se presentan frente a los ciudadanos tal cual son. Y esa desnudez de intenciones es su merecido armagedón. Demasiado dolor sin purgar. Demasiados cadáveres sin consuelo. Demasiada sangre sin liberar, ¡sin vengar! Demasiada avaricia por ajusticiar. Es el mensaje que va calando en la población mundial y nos urge y predispone para un cambio de rumbo; y para sobrevivir a pesar de ellos. Se les ha ido el negocio de las manos por su falta de conciencia: por ¡su maldad! Por la irreverencia de su mentira, hoy al descubierto, y por su obsesión de atesorar sufrimiento ajeno.

El insuperable film de Roman Polanski, “Chinatown”, acaba con Jack Nicholson impotente ante los acontecimientos, frustrado y apaleado. Un ‘colega’ poli le aconseja que se olvide de la sucia trama y demás porquería: -Y no sabes el favor que te hago… al fin y al cabo: ¡esto es el barrio chino!

El cómplice silencio: la vergonzosa y conveniente tradición. Pero las ‘tradiciones’ también se pueden y se deben descabezar… Y puntos ‘suspensorios’… ¿Capisci?

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