domingo, 24 de agosto de 2014

“Ensayo sobre la Sordera”


“Ensayo sobre la sordera”
(Con permiso, maestro Saramago)

Sucedió en una población costera. Podría haber ocurrido en Manhattan y estar protagonizado por el surrealismo hipnótico de Groucho Marx, o por el pandero más hiperbólico de la Jennifer López, pero no, ni uno ni la otra se pasaron este verano por aquella oficina de correos sita entre las cinco torres de la desvergüenza ladrillera de la rambla del Valdelentisco y esa aún más ignominiosa e impune roturación salvaje próxima al paraje-playa de Percheles. Y no voy a dar más pistas, el que quiera ubicar nanométricamente los siguientes aconteceres, que se dé una vueltecica por el Google Earth y ponga una marca de celosa estupidez entre las coordenadas antes mentadas.

Lo que sigue es el relato fiel de un encuentro con la creciente y tan bien reglada sordera o inutilidad administrativa. Ni adornos, ni mermas, la escena se muestra tal cual descarnadamente aconteció:


La salita ante el mínimo mostrador no habrá más de veinte metros cuadrados. En ella se hacinan una veintena de pacientes vecinos y veraneantes al borde de un ataque de nervios. Pasan los minutos y la cola de espera se desespera. No avanza frenada por cada trámite que se eterniza al otro lado del poyete. Dos operarios capean el temporal en aumento de remitentes y destinatarios estivales. Una pareja de hermanos hacen acopio de calma tras una hora de paciente espera. El personal empieza a rebullirse unos contra otros, pero sobre todo contra la celeridad inversa tras el mostrador. Llega el turno al fin. La gestión de Carmelo y Fina -los nombres son ficticios como bien habrás supuesto lector, o talvez no tan ficticios-, sube al escenario:

- Quería recoger esta carta certificada, -principia Carmelo- no estaba en casa y el cartero me ha dejado este aviso.

- Bien, -responde parco en verbigracia, y presuntamente diligente, el operario de la Posta. Echa un vistazo al documento y replica con más diligencia si cabe- Pero este certificado viene a nombre de Antonia de tal y tal. -Da la vuelta al papelajo y concluye como recreándose, saboreando, paladeando el regusto del fallo en garrafa de su interlocutor- Además, no está firmado por Antonia de tal y tal, y necesita usted su autorización para retirar la carta. -Se nota que ama con locura su oficio (Es coña, claro), de haber sido inquisidor del Torquemada no lo habría refrito mejor, se nota en su mirada tan ‘eficiente’ y triunfal contra Carmelo-

- Carmelo, arrastrando la poca paciencia que le queda y sujetando los escasos bríos de su cruel cabalgadura por los demonios del dolor y el sufrimiento extremo, acierta escasamente con las palabras adecuadas: -Esa señora era mi señora. Antonia de tal y tal hace dos semanas que falleció. Aquí traigo su dni y aquí tiene usted el mío. Debe ser suficiente, ¿o no?-

- Pues no, -responde el cartero que la caga dos o tres veces- tiene que firmarlo Antonia y autorizarle expresamente la retirada. De otro modo no se lo puedo entregar.

- Le repito que mi mujer no puede firmar ya nada. Que hace dos semanas la enterramos. –Este tío o es sordo, o gilipollas o tiene alguna alergia. Pensó Carmelo- Creo además que el cartero a domicilio solo necesita un dni y una firma para recoger el certificado, salga quién salga a la puerta. No entiendo que no me lo pueda dar, soy su viudo, aquí están los documentos de identidad de ambos. No lo entiendo. –dijo abatido, con rabia amarga por el dolido recuerdo de su amada-

- En ese caso, -continúa erre que ere el tan eficiente funcionario postal- habrá de pedir un certificado de defunción en su ayuntamiento, un certificado de matrimonio en el registro civil, una fotocopia compulsada en la notaría del dni de su esposa y del suyo propio. Todo ello lo adjunta al aviso del cartero y podrá retirar la carta certificada.

Entenderás lector que el patio de butacas de aquella sala del gran teatro de la estulticia se había echado hacia rato las manos a la cabeza. Entenderás sufrido ciudadano que los comentarios sobre la celosa eficiencia del cartero sordo elevaron la temperatura de la coqueta salita de espera haciendo obligado el reparto de abanicos serigrafiados con florones, floripondios y cuajo torero acorde con la faena. Entenderás patitieso lector, que Carmelo hiciera trizas el recibo en los mismísimos morros de aquel morlaco ungido en azafrán helado. Pero lo que no vas a entender es lo que viene a continuación. Servidor aún está por descifrar la mala hostia que algunos son capaces de ponerse por montera en esta gran corrida llamada vida:

Tras la salida incendiaria de aquel camarote de los hermanos Marx, seguían y seguían entrando más ‘destinatarios’ en aquella oficina “tan diligente”, bastante alterada, Fina le comenta a su hermano Carmelo:

- ¿Sabes quién es ese? -Pues no- responde el efervescente Carmelo. –Es el responsable de la oficina. Fulano de tal y tal. ¿No le has visto alguna vez en la sala de espera de quimioterápia? Solía coincidir con Antonia algunos viernes. Lleva su caso la misma oncóloga, Judith. Se sentaba en los sillones de fuera con la vía puesta, a espera de cama para la quimio. ¿No lo recuerdas?… –qué tenga mucha suerte- Atina a balbucear Carmelo – Qué tenga más suerte que…- El nombre se duerme en su labios y una lágrima roja pone punto final a la escena
Te toca jugar que no juzgar, lector… allá cada cual con su conciencia. Y Punto.

"Ensayo sobre la Ceguera" - José Saramago


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